Vértebra a vértebra
Con veintidós años su menstruación todavía no era regular. Iva y venía a su antojo, jugando a ser el fantasma de la niña de coletas rubias de años atrás. Podían pasar meses sin que el viejo espectro se decidiese a aparecer, hasta que un día, a causa de una lastimera rabieta infantil o de alguna llantina peliculera, acudía. A medida que los días discurrían el tierno alter ego prepúber se encarnaba en un ser voluptuoso y lascivo. Semidesnuda, delante del espejo del vestuario de enfermeras, pasaba con frenesí su mano sobre el sexo. Se abría su boca se abrían sus ojos se le abrían todas las puertas del cuerpo. Al jadear, gotas de saliva caían sobre sus pechos, los tocaba, los manchaba con la sangre que manaba de sus entrañas. Y aceleraba el ritmo, sintiéndo sobre su mano un fluído caliente arrastrando consigo un bíblico río rojo, que se abría paso entre aquellas paredes vivas. Vértebra a vértebra, como el arpa que interpreta el preludio de su propio Apocalipsis, el arco de su espalda iba muriendo de éxtasis sobre el suelo.