Hay tiempo ahora que ya solo se intuye el mar donde se termina la amalgama poligonera de farolas y carteles con calidez lumínica dispar. Podría dedicarlo a alguna de las muchas cosas que penden como axiones apagados dentro de mí. Maldita imaginaria.
Marta me ha enviado un sms, id est, ha invertido dinero para avisarme de que me ha escrito un correo. Considero indecoroso al menos no buscarlo para saber qué necesita, ¿me habré olvidado de nuevo de hacer la transferencia? Imposible, no está, pero antes de escribirle y pensar un ‘asunto’ más católico que ‘¿te debo dinero?’ me doy cuenta de que me estoy quedando sin batería en el portátil. Ayer por la tarde moví la mesa, la mesa de madera maciza más vieja que el cualquier alcayata del apartamento, hasta la ventana para poder trabajar y ver el mar a través de la calima. Había dos tomas de corriente en esa esquina. Pruebo pero ninguna funciona. Separo la mesa a un metro de la pared y pruebo el cargador del portátil con en otros dos tomas que hay detrás del enorme televisor. Como me resisto deliberadamente a entender el sistema imperial soy incapaz de hacer una estimación de las pulgadas pero su número es probablemente la prueba de que la democratización del entretenimiento está más avanzada que la del chalet con en primera línea de mar. Nada. Muevo la mesa hacia la otra esquina del ventanal y desenchufo el descodificador de la antena. Sé que se pueden ver canales internacionales porque encima de la mesa de centro un huésped anterior dejó anotada con una caligrafía que me produce cierta incomodidad los números de dial de las emisoras BBC de media Commonwealth, Al-Jazeera y la CNN, pero también sé que no voy a usar el televisor.
En una esquina de mi pantalla está en pausa un capítulo de Futurama. Frente a la impostada campechanía de las agencias de noticias aprecio la llaneza autoirónica de la animación. ¡La verosimilitud es una atribución que realiza el receptor en función a una serie de cognitive frames (Fillmore, 2006)! ¿Acaso no es esta serie El coloquio de los perros; Cipión y Berganza, Fry y Bender, digerible para febriles psiconautas contemporáneos? Cervantes es a Freud lo que Groening a Lacan... Joder, me gustaría tener con quién discutirlo pero es tarde y seguro que le debo dinero a Marta.
Esta vez la toma de corriente sí funciona. Desenchufo el televisor para probar la contigua. Bien. Me fijo en que las tomas, con dos entradas cada una, están dispuestas a lo largo de las paredes de todo el apartamento, salón-cocina, dormitorios, baños, en intervalos exactos de dos metros. Por este capricho hay un lado de la cama en el que simplemente se puede disponer de una lamparita para leer y otro que priva al usuario de esta posibilidad. Aunque en este caso yo soy ambos, me duele que el diseño no contemple la posibilidad de leer en la cama en pareja; no me atrevo a pensar en trío, no por prejucios, sino por el tamaño de la cama y la epidemia de sobreso que recorre Europa como un fantasma que abre sus piernas en el transporte público y constriñe al resto de fantasmas que intentan resucitar la vieja fantasía del Interrail.