"Lenocinio" es una hermosa palabra. Antes se empleaba más. Cuando los personajes de las novelas fácilmente se llamaban Eva. Eva es la protagonista de una plétora de novelas nunca publicadas.
"Plétora" es una palabra que Woody Allen considera elegante poner en boca de los personajes que claramente son su trasunto. Tal vez porque así sus labios despertarán un suspiro en los de alguna joven, recalco, joven, que puede cumplir sus anhelos románticos.
"Romanticismo" es un vocablo que Woody Allen no puede alcanzar a comprender. Su nacionalismo es un bastardo bravucón al que se le disculpa su osadía, larga como corta su edad.
"Trasunto" es, en cambio, una palabra que, creo, añado por precaución, pereza y modestia, no ha figurado nunca en sus películas. ¿Y por qué no, si de tal forma se celebra lo obvio? "Transunto" podría ser el título bajo el que se editase su filmografía completa, al igual que "Neumático" encabezaría el volumen que recogiese las opera magna de Amelie Nothomb.
La erudición de Woody Allen no se remonta a las declinaciones: el Old English se conformó en un pueblo de los alrededores de Wichita Falls, Texas, y jamás tuvo ninguna declinación. Allí Ortega y Gasset pasó a ser discípulo directo de Sócrates. Antes de Sócrates era el Verbo, como antes del celuloide fue el papiro. En esta misma localidad el oficio más antiguo del mundo fue llevado por Henry Ford a sus máximas cotas de eficiencia. Gracias a la mecanización de la cadena de montaje se logró un abaratamiento de los costes de producción sin precedentes que hizo que este lujo fuese democratizado. Una mujer que practique este arte de forma autónoma es considerada una artesana y puede llegar a vender sus creaciones a precios exorbitados. En ningún apartamento con vistas a Central Park ha entrado nunca un objeto producido en serie pero entre los ornamento dorados y bajo los techos tan altos como las pretensiones de clase bien cabe alguna excentricidad adquirida durante algún -por supuesto- romántico viaje a Europa, donde sabemos que estas artesanas abundan. Para preservar el misterio los anfitriones se cuidan mucho de revelar si se trata de Europa, encantador pueblo fronterizo del sureste de Alaska; Europa, el continente; o Europa, la luna de Júpiter.
Woody Allen, aunque no lo ha confesado en sus memorias, todavía guarda un grato recuerdo del día en que recorrió los anchos salones de la vagina de la Europa, princesa fenicia, cuyo rapto pasó desapercibido para las autoridades judiciales de la época. Actualmente el delito ha prescrito. A pesar de su misantropía, no pudo dejar de acudir a visitar ese templo del buen gusto en el que sus chascarrillos fueron celebrados con generosas ofertas para financiar nuevas postales para turistas que creen que el café se imprime en 3D en las trastiendas de los Starbucks. Por el momento, esta experiencia no ha sido objeto de ninguna de sus ideaciones fílmicas ya que la monarquía es una institución con cuya inviolavilidad concuerda plenamente.