A Buck.
No te recibirá la muerte con las palmas del olivo ensangrentado ni la putrefacción con el pan y el sudor como cornucopias de gusanos.
Te pusieron, pájaro azul, el nombre y así la mortaja. No hay lugar para ti en las cavernas del imo pectore.
No queda desierto de alegría quemada. Sin luz ni oscuridad no puedes ser la estrella que guíe a quien viaja. No habrá llama que te haga fénix, ni regreso.
No hay lugar para ti en la geografía del imo pectore. No tendrás aquí tu palacio abisal. Este es un cuartucho que solo se encoge, como implosiona el universo de mi alma.
Pájaro azul, tendrás tu reino, pero tu reino no será de este mundo. No en esta habitación repleta de suelas de verano gastadas. Y de la tristeza transparente sin dolor y porque sí, sintética como un plástico. Mecánica y esperable.
Pájaro azul, no cabe tu color estoico en el interiorismo frívolo y wengé de mi pecho.
Mereces anidar en un mejor acantilado, alguno rodeado de playas con poca basura.
Te mantuve vivo y muerto: con whisky me tragué alguna colilla y todo el humo del los cigarrillos. Eres mártir y ya basta.
Has estado lejos de la gravedad y has volado cerca de la luz: eres joven. Aprende ahora a amar la nueva esclavitud de la libertad que no conocías.
¿Para qué deseas prolongar tu estancia en la arquitectura sin épica de mi pecho? No ha habido más batalla que el baile entre tus días y tus tentaciones en aquel desierto. Ya es suficiente. Ya no hay dunas de lágrimas ni oasis de cenizas.
Vuela, pájaro azul, y no vuelvas.
En invierno destrozo los nidos de las golondrinas con piedad pueril de antaño. Amigo caro, no vuelvas.