¿Por qué crece el número barrotes de la jaula de esta tigre sin que aumente su superficie?
Una imaginación trágicamente adulta no vería la organicidad de sus raíces de hierro, nacidas de la espina, la semilla, que se apostaba entre sus garras. Pero una inteligencia preformal sí sabría que la fronda irisada —reserva y hábitat— , con sus filigranas de cobre —de oro, a veces— , sigue magnetizada y arrastra hacia sí cada innoble filo que busca antes que un crisol un yunque.
Una mirada trágicamente humana confunde la contención de esta montaraz ternura con la mera calma, significa el bostezo mudo como vestigio de la eficacia en domesticando; pero la quietud es la de una musculatura que precisamente se tensa con cada vuelta sobre sí que ejecuta para calcular hasta qué capa de piel puede dejarse perforar durante la huida.
¿Cuál es la temperatura lógica de la nieve que hay fuera, ahora ya compactada en glaciar, el otro polo cromático los ojos que la miran?
La misma que la de las muchas palabras, ya dulces, ya ácidas, largamente fermentadas como el vino de Marsala que me he negado, como la temperatura de tu nombre perdiendo sílabas en esta ebullición compresiva. Así había evitado, hasta ahora, evaporar de Bagdad con mis tormentas de plasma aquel milagro boreal cristalizado y preservar una ciudad helada a pleno sol pero al fin silente. Entonces nadie moría ni debería mirar a la muerte. Sin embargo, hoy soy todas la viudas que gritan en lo que ahora es el cráter, no de un volcán —un horno repostero— sino del veneno atómico enterrado mucho antes en jaulas de plomo cuyos nombres —no el tuyo— son la bebida avinagrada que le quema el paladar y que, no obstante, mantiene viva de determinación a la tigre.